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Columna 02 abril 2026

La resurrección: Algo más que volver a la vida

La resurrección de Jesús anuncia una vida nueva que comienza a manifestarse ya en nuestra historia.

¿Qué es lo que el cristianismo celebra esta semana? ¿Qué significa, para la vida cotidiana de las personas, esta extraña afirmación de que un hombre -Jesús de Nazaret- estaba muerto y ahora está vivo?

En algunos ámbitos se llama ‘prácticas de resucitación’ a las maniobras de reanimación cardiopulmonar que permiten a una persona salir del paro cardíaco. En ese caso, la persona no ha sido declarada muerta, no es la resurrección de la que hablamos (¡Jesús pasó casi tres días en el sepulcro!).

También se ocupa el término revivir en el sentido de estar como muerto y volver a la vida, o de volver a vivir un episodio de la vida sea hermoso o desolador. El énfasis está en el “volver a”… que tampoco es el caso del Nazareno porque no volvió a lo mismo de antes, su cuerpo podía tocarse y, sin embargo, aparecía en medio de ellos aun cuando las puertas estaban cerradas (Jn. 20,19-28).

Tampoco es la reencarnación en la que, de acuerdo al karma acumulado en la vida previa, se vive mejor o peor en un largo ciclo de retornos, en el que perdemos nuestra identidad anterior. Jesús resucitado, en cambio, les dice a sus amigas y amigos “Soy yo” (Lc. 24,39) y luego de animarles en la esperanza ascendió al cielo (Mc. 16,19).

Entonces, resucitar no es volver a esta vida, sea buena o mala, sino el paso a un nuevo estado de vida plena, como en la Pascua judía en que el pueblo de Israel celebra su paso de la esclavitud a la libertad. Cuando se proclama la resurrección de Jesús lo que se afirma es que la muerte ha sido vencida con toda su carga de negatividad.

La resurrección es la fe en que la alegría supera a la tristeza, que la esperanza es mayor que la desilusión, que la paz supera la violencia, que la justicia se impone sobre la marginación, que el amor es más fuerte.

La fe en la resurrección es un compromiso por vivir intensamente y defender la vida; es jugarse por la confianza entre las personas y en la comunidad; es reconocer los propios miedos para que no se conviertan en agresión; es esforzarse por amar en gestos pequeños y cotidianos.

Por eso, la resurrección que nos espera después de la muerte empieza a acontecer ya ahora, cuando cambiamos nuestro modo de ser y habitar el territorio en conexión con todo lo viviente. Empieza cuando somos capaces de ver, en los bordes y en el centro de un río de lava fría y muerta, el bosque que inexorablemente brotará lleno de verde, vida y música. 

Con la alegría de esa mirada, esperamos la plenitud prometida para toda la creación.